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Me quito las gafas oscuras y me confieso:
Me llamo Rafa y soy cinéfilo. Lo soy desde los 6 años.
La culpa la tuvieron tanto mi madre como mi padre. No solamente por engendrarme -que también- sino por por provocar mi contagio de esta enfermedad mental, esta dependencia feroz conocida como CINEFILIA, en sendos momentos de imprudencia temeraria.
Depuremos responsabilidades:
-LA DE MI MADRE: en 1977 a la buena mujer se le dio por adquirir un equipo de cine en Súper-8, un tomavistas (sin micrófono) mas un proyector. Enseguida se dedicó a la filmación, cual hermana Lumière setentera, de mudas escenas familiares de tres minutos de duración:
Paseos junto a la Torre de Hércules en los que no salía la torre en un solo plano, bailes infantiles entre cuatro paredes empapeladas de forma psicodélica, tardes campestres sobreexpuestas, banquetes en contraluz ventanil, claustrofóbicas reuniones familiares (en homenaje sentido al mítico camarote de los Hermanos Marx), viajes a Madrid en película caducada ("Una roja en el Valle de los Caídos" sería un bonito título para aquella)... En fin, que cualquier cosa era una buena excusa para ponerse a rodar. Pero lo que me inoculó el virus cinéfilo a mí, inocente niño de 6 años por entonces, no fue aquello, sino sus consecuencias: cada vez que venían visitas a casa sucedía aquel ritual: la enorme tabla de madera astillada era cubierta con una sábana blanca y colocada al fondo de nuestro salón, tapando la tele (¡¡qué bonita metáfora!!). Se apagaba la luz y se encendía el mágico proyector. Empezaban a desfilar entonces, una tras otra, las susodichas filmaciones, acompañadas de las consabidas risas, las explicaciones y los comentarios de los adultos. Y mis ojos infantiles abiertos como platos (por ahí entró el peligroso virus). Recuerdo con especial emoción lo que me fascinaba la proyección a la inversa, con todos andando hacia atrás y después subiendo las escaleras de espaldas, o el regocijo que me hacían sentir los atascos de la película, aquellas caras congeladas que de repente se arrugaban y desparecían engullidas por un agujero de bordes quemados, en medio de los nervios de la proyeccionista... Sí, mamá: tu has tenido la mitad de la culpa de mi presente esclavitud.
-LA DE MI PADRE: él tuvo la otra mitad. Fue en el verano de 1978, cuando me llevó a ver "LA GUERRA DE LAS GALAXIAS". La estrenaron en el "Cine París", que estaba en la calle Real de A Coruña (cómo cambian las cosas: ahora convertido en hortera tienda de Amancio Ortega, de las de pret-a-porter para kinitos suburbiales). Allí dentro, en aquella sala de cine provista de columna que tapaba parte de la pantalla, las impactantes imágenes de la odisea espacial contribuyeron a reforzar definitivamente al virus ya latente en mi organismo: esa nave del principio que nunca terminaba de atravesar el encuadre, las brillantes espadas de luz a las que jamás se les agotaban las pilas, aquel Darth Vader que decía cosas como "No se ofusque con este terror tecnológico que ha construído, la posibilidad de destruir un planeta es algo insignificante comparado con el poder de la fuerza".

Y la princesa marimachorra de las ensaimadas en la cabeza (¡mi primer icono "gay" inconsciente!) que aparte de "lucir" el peinado más ridículo de la Historia del Cine (¡lo que es todo un mérito!) no se cambiaba el vestido ni después de haber estado atrapada en un pestilente basurero galáctico.

Y también la taberna con aquellos músicos extraterrestres de cabeza de calabaza, que vestían igual que el Padre Cano de los Escolapios de A Coruña. Las batallas galácticas contra reloj, los tiros láser, las desmadradas fanfarrias musicales de John Williams... todo aquel túrmix visual y auditivo acabó de empujarme a esta adicción, a este vicio difícil de saciar. Me pasé todo el camino de vuelta en estado catatónico, de la mano de mi padre, que irresponsablemente no se daba cuenta de que me acabada de convertir en un yonqui del celuloide.
¡Y lo irónico del caso es que yo estaba biológicamente predestinado a odiar el cine!. Lo supe años más tarde, cuando oí contar a mi madre una anécdota sorprendente: la primera vez que me habían llevado a una sala de cine no fue realmente la memorable sesión galáctica, no. Había sido a mis cuatro años (¡a quién se le ocurre!). Un mal día de 1976 me metieron en el "Cine Finisterre" para ver "101 DÁLMATAS".

Al parecer, mi reacción tras apagarse las luces fue histérica: "¡¡ Quiero salir. Esto parece una misa, pero no hay ventanas!!" , gritaba. Y hubo que sacarme corriendo apenas empezada la proyección. Proféticas palabras aquellas: en los años 90, el local que ocupaba el "Cine Finisterre" pasó a ser la iglesia parroquial del Agra do orzán. O sea, que fui un pequeño Damian, aquel anticristo infantil de "LA PROFECÍA" al que le invadía un arrebato de pánico cuando sus padrastros trataban de meterle en una iglesia. Qué cosas...
Pero nada, que al final yo también me contaminé. Ahora soy cinéfilo, lo confieso. Y necesito mis dosis periódicas para no tener "monos" terribles. Veo murciélagos y ratas si paso demasiado tiempo sin visionar aunque sea un par de fotogramas de algo, lo que sea, pero que sea cine.
Si alguien conoce la cura... que se la guarde. ¡Estoy atrapado, pero me gustaaaaaaaaaaaa!